Información
| Peso | 1.65 kg |
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Reseña
b’xabNadie pondrxe1 en duda que soy un padre afectuoso con todos los hijos de mi imaginacixf3n, y que ningxfan otro progenitor puede querer a su familia con tanta ternura. Pero, como muchos padres afectuosos, tengo un hijo favorito en el fondo de mi corazxf3n. Y su nombre es David Copperfield.xbbnEste reconocimiento de Dickens en el prxf3logo a la edicixf3n de 1867 de la novela tiene el valor de venir de su propio xabpadrexbb. Pero, desde su publicacixf3n por entregas entre 1849 y 1850, David Copperfield no ha dejado mxe1s que una estela de admiracixf3n, alegrxeda y gratitud. Para Swinburne era xabuna obra maestra supremaxbb. Henry James recordaba que de nixf1o se escondxeda debajo de una mesa para oxedr a su madre leer las entregas en voz alta. Dostoievski la leyxf3 en su prisixf3n en Siberia. Txf3lstoi la consideraba el mayor hallazgo de Dickens, y el capxedtulo de la tempestad, el patrxf3n por el que deberxeda juzgarse toda obra de ficcixf3n. Fue la novela favorita de Sigmund Freud. Kafka la imitxf3 en Amerika, y Joyce la parodixf3 en el Ulises. Para Cesare Pavese, en estas xabpxe1ginas inolvidables cada uno de nosotros (no se me ocurre elogio mayor) vuelve a encontrar su propia experiencia secretaxbb.nEl lector tiene ahora la ocasixf3n de recuperar esa experiencia secreta gracias a la nueva y excelente traduccixf3n xedntegra de Marta Salxeds, la primera en espaxf1ol en mxe1s de cincuenta axf1os de una obra de la que, sin ningxfan gxe9nero de duda, cabe afirmar que es clave en la literatura universal.’











