Información
| Peso | 1.01 kg |
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| Cant. de paginas | |
| Editorial | |
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Reseña
b’Deponer las armas. Dejar de deletrear, de resistir. Ceder. Tomar la decisixf3n de dejarse ir y dejar, en el umbral, la matemxe1tica. Deponer la voluntad de ponerse en alguna parte; de ponerse un traje, una falda, unos zapatos. Deponerse. Algo parecido a confiar, a apagar las lxe1mparas, a cerrar sin llave la puerta de casa. Irse de casa hacia no sxe9 dxf3nde, sin moverse de lugar, anclado a la experiencia como un xe1rbol, suelto como un pxe1jaro que no hace pie. Algo parecido al vxe9rtigo. Dejarse caer, al agua. La ropa doblada en la orilla, como si fuera un xe1baco o un abecedario, un escudo modesto, una manera de sobrevivir.nnEl cuerpo regresa a la infancia del cuerpo, donde la mxe1quina duerme en el jardxedn, desconectada. Nadie sabe, cuando el cuerpo es nixf1o, dxf3nde estxe1 la mxe1quina. La mano acaricia una imagen, sin preguntarse cxf3mo fue posible. La imagen. Si nace de la mano que la toca, que la pulsa como si fuera la tecla de un raro estxedmulo nervioso, o si se ofrece a la mano que la busca sin poder, sin saber, asirla. El ojo desciende hacia la mano, se ovilla y se activa en la palma, abierta. La mano toca el cuerpo de la imagen, como quien se inclina a besar el agua.nnRaymond Bellour susurra que entraremos solos en el paxeds del cine, sin nuestros hermanos pero junto a ellos: los otros liberados en estado de hipnosis, atravesados y rendidos ante la emocixf3n tiernxedsima hecha daga, interpelados por un animal. xc1brete, cine, para que pueda verte, a la luz del desastre y de la vela que llevo en la mano. El escalpelo de Bellour examina la arquitectura de los pliegues, calibra la intensidad fantasmal de las ondas, baja para leer la gxe9nesis de una huella. Y el cuerpo del cine se inscribe en nuestro cuerpo, se imbrica y se trenza, hasta desvanecer el lxedmite donde hubo, una vez, una pantalla.’











