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Una mujer mira a su hijo de un mes y no siente lo que le prometieron. Es la primera vez que está a solas con él, insiste pero no hay caso, se dice «ya pasará». Sigue a Iván, su pareja, por la casa que van a compartir, tanteando el terreno con miradas veloces que captan signos, en estado de alerta. Antes de Iván tuvo otra historia, y en el trasfondo de ambas acecha un primo siniestro. En una época hablaba con sus amigas sobre vida y maternidad; ahora afila un par de ideas por su cuenta. Sabe que las relaciones humanas son peligrosas y se prepara porque en cualquier momento puede pasar lo que no tiene que pasar. ¿Vivió ensayando el futuro sin darse cuenta? ¿Qué le depara el destino que ella misma va gestando? Thriller, novela de acción pasional, drama de sentimientos, esta historia llega, iluminada, hasta el cuarto más secreto y oscuro. Mariana Dimópulos prende la luz y reporta, tranquila, sin levantar la voz, con su lenguaje afinado y justo, también con la fuerza de su escritura extraordinaria. «Si hablábamos nos equivocábamos, pero si no lo hacíamos quedábamos en grave peligro», dice uno de los personajes, y el libro respira, atrapante, con vida propia, entre esas dos opciones.


Trasfondo es una ficción basada en una historia real, la de la campaña del submarino ARA San Luis en el conflicto armado de Malvinas, en el año 1982. Linares, Polski, Morán, Almaraz, son apenas algunos de los personajes que motorizan esa historia fascinante, sumergida, tensa, histórica. «Una arraigada costumbre cultural nos habituó a pensar que en todo trasfondo se oculta siempre una verdad: la parte más sincera de la realidad del mundo. Pero Patricia Ratto se aparta de esa convención y explora una alternativa menos usual y más estimulante: en el trasfondo, en Trasfondo, aparecen las falsificaciones, el engaño, lo irreal. También lo imposible, también lo deseado, también lo temido; en resumen, la ficción. Acaso sea, en definitiva, la mejor manera de encarar un relato de guerra. Sobre todo si esa guerra es la guerra de Malvinas, en la que nada resultó tan verdadero como la falsificación, el engaño, la ficción, la irrealidad. Von Clausewitz decía que una de las grandes exigencias de la guerra es la paciencia, porque durante la mayor parte del tiempo no hay cosa alguna para hacer. Patricia Ratto ha escrito con Trasfondo una perfecta novela de guerra. Perfecta en la dosificación de la acción y la inacción, perfecta en la narración de lo más difícil de narrar, que es la espera. Trasfondo es una novela de guerra y una novela de espera, contada por los sumergidos en un submarino de combate. Ese submarino funciona como barco fantasma. Sus habitantes, es decir los combatientes, no saben lo que está pasando afuera, no saben lo que está pasando arriba, porque quien está en el lugar de los hechos puede ser el que menos los entiende. Patricia Ratto se nutre así de lo que Stendhal alcanzó a entender de las batallas, Dino Buzzati de todas las guerras, y Fogwill de la guerra de Malvinas. Pero todo eso se resuelve en Trasfondo en una versión poderosamente original de todo lo que pasó y no pasó. Demostrando que, para la literatura, nunca está, ni va a poder estar, todo dicho.


La omisión cuenta el abismo que se produce cuando en un matrimonio de larga data uno de los cónyugues muere y quien sobrevive descubre con estupor que la vida de su pareja de toda la vida ocultaba un secreto que modifica no solo el presente sino también el pasado. «Yo, Matilde Viale, un metro sesenta y dos de estatura, cincuenta y tres kilos de peso, sin panza incipiente, viuda desde hace dieciséis días, sin marcas personales visibles, hija de Juan Manuel Viale y María Matilde Colombres Guerrrero de Viale, nacida en Villa Allende, Provincia de Córdoba, educada en el colegio St. Catherine de Buenos Aires, estoy desnuda y, desde mi corazón, les digo a todos que muero.» Con esta declaración, que tiene algo de juramento ante un tribunal, de que se va a decir la verdad y nada más que la verdad o de currículum en primera persona, Matilde Viale se dirá lo que acaba de descubrir. Como si recitara un parte, revela en voz alta el vuelco de su vida: el descubrimiento de un secreto capaz de hacer estallar su lenguaje. Ese descubrimiento es el tema de La omisión de manera aleatoria: no es el Alexis de Marguerite Yourcenar desde el punto de vista de la esposa corresponsal, Mónica. La omisión no es la de la doble vida de un abogado «careta», sino de aquello a lo que Matilde Viale ha renunciado por cobardía, cediendo en su deseo: la disponibilidad de su juventud, la amistad con Sara Fiorito, abierta a la sensibilidad política y a la aventura. El secreto que descubre la protagonista luego de la muerte del marido es lo no vivido como una deuda incobrable que finalmente deja abierto el destino hacia una posible felicidad. Como en La intemperie, primera novela de Gabriela Massuh, es la amistad de las mujeres en un marco político la que sostiene la trama (y la vida). La omisión, que se lee de un tirón, en vilo de policial existencial -no hay crimen: la muerte, las muertes, son «naturales»-, invita tanto a la identificación como al sueño con una salida soberana que haga estallar lo individual, sugiere que el progreso puede consistir en preservar el pasado, como las ruinas de Göbekli Tepe, esa civilización que enterró su cultura para salvarla del futuro. La omisión plantea también un acertijo que sólo puede, si no ser descifrado, adquirir sentido leyéndola: «¿soja o infancia?».


Novela poderosa, tanto en su tema como en su escritura, Viaje al invierno escenifica el encuentro de dos mujeres cuyas vidas han sido y son atravesadas por la violencia. Dos destinos, el de una joven y el de una anciana, que se cruzan en Tucumán a mediados de la década del setenta. Helena, una sobreviviente del Holocausto, devastada por los horrores vividos en su juventud, alberga en su casa a la adolescente Clara, que escapa de un padre autoritario y de la intolerable realidad que se vive en la Argentina; en especial, en su provincia. Encerradas en un cuarto en penumbra, la muchacha y la vieja pasan las tardes entre las preguntas de Clara y los recuerdos de Helena, entre vestidos antiguos y películas en blanco y negro. La memoria, reanimada por estos encuentros, será el motor que lleve a Helena a recuperar su oscuro pasado europeo, su huida de Viena y sus primeros años en la Argentina, recluida en Tafí del Valle. Para Clara, ya de veinte años, el hallazgo de unos viejos papeles que han pertenecido a su protectora (y que contienen el nombre de Ricardo Klement, alias que un temible jerarca nazi adoptó en la Argentina) le revelan el secreto ominoso que ocultaba esa vida. Al mismo tiempo, en su trabajo en Buenos Aires -ligado a las altas esferas del poder-, accede a documentos que detallan los planes de un grupo de civiles y militares para continuar la dictadura por otros medios. Con la Guerra de Malvinas como telón de fondo, la joven indaga en el pasado de Helena y en su propio pasado y presente, sacudida por estas revelaciones que marcan un punto de inflexión en su vida, el fin de la inocencia.Con un estilo que toca momentos de gran dramatismo y belleza, la autora de La visitante nos entrega esta nueva novela que confirma definitivamente sus grandes cualidades de narradora.Viaje al invierno, cuya trama hace referencia a hechos reales, es un libro inquietante: al mismo tiempo que atrapa al lector, lo hace reflexionar.


Las tres principales novelas de Antonio Di Benedetto, Zama, El silenciero y Los suicidas, en razón de la unidad estilística y temática que las rige, forman una especie de trilogía y, digámoslo desde ya para que quede claro de una vez por todas, constituyen uno de los momentos culminantes de la narrativa en lengua castellana del siglo XX. En la literatura argentina, Di Benedetto es uno de los pocos escritores que ha sabido elaborar un estilo propio, fundado en la exactitud y en la economía y que, a pesar de su laconismo y de su aparente pobreza, se modula en muchos matices, coloquiales o reflexivos, descriptivos o líricos, y es de una eficacia sorprendente. Su habilidad técnica es también asombrosa, y si bien es la tensión interna del relato la que organiza los hechos, esa maestría excepcional los destila sabiamente para darles su lugar preciso en el conjunto. De sus construcciones novelísticas, el capricho está desterrado. Su arte sutil va descartando con mano segura las escorias retóricas para concentrarse en lo esencial. Los que hacen derivar la novela de la épica, con buenas razones históricas probablemente, deberían darse por vencidos: en esta trilogía poco común, las chafalonías melodramáticas y morales de la épica ya no tienen cabida. Los personajes de Di Benedetto se debaten, apagadamente podría decirse, clavados a su imposibilidad de vivir, como un insecto todavía vivo en una lámina de naturalista, por la punta hiriente de alguna obsesión, la esperanza irrazonable, el suicidio, los ruidos «que alteran el ser». Me resulta imposible no abordar antes de terminar un tema central de la literatura argentina: la prosa narrativa de Antonio Di Benedetto. Es sin duda la más original del siglo y, desde un punto de vista estilístico, es inútil buscarle antecedentes o influencias en otros narradores: no los tiene. Como, a estar con la cosmogonía judeocristiana, el mundo en que vivimos, el estilo de Di Benedetto parece surgido de la nada aunque, superior en esto a nuestro mundo, que le requirió a su creador seis días para ser completado, su prosa ya estaba enteramente acabada y lista para funcionar desde la primera frase escrita.


Ser argentino es estar lejos» postuló alguna vez desde París, esa ciudad tan argentina, el escritor argentino pero nacido en Bélgica de nombre Julio Cortázar. Lo que también implica que, en la distancia, Argentina parece estar en todas partes. Incluso en Praga. Allí -a esa ciudad anclada y a la deriva entre el pasado y el presente y que aparenta no pensar demasiado en el futuro- llega un argentino con ganas de tomar distancia y de comer miles de kilómetros. Atrás queda su departure como treintañero animador de «eventos», por delante lo espera un arrival en el que trabajará como guía de turismo. Un viejo mundo de tradición alquímica y transformadora para una nueva vida -no va a costar tanto, piensa- seguramente mejor que la que llevó y por la que hasta ahora fue más arrastrado que llevado. Así, el protagonista de Síndrome Praga va a dedicarse a explicar una ciudad que no conoce y cuyos parques -por supuesto- le hacen recordar a la Plaza San Martín. Enseguida, el descubrimiento de que los locales no quieren a los visitantes; de que su trabajo (incluyendo a un elenco de colegas también émigrés digno de un film de los hermanos Coen) no era lo que pensaba; y de que las dislocaciones del idioma resultan aún más desorientadoras de lo que pudo imaginarse, en especial en lo que hace a la comunicación sentimental con la de inmediato inolvidable y volátil y fatal Katka.Lugares comunes todos del siempre excepcional territorio extranjero que, de pronto, ofrece una particularidad. Algo que trasciende lo meramente kafkiano y lo golemista: cuatro cifras que comienzan a aparecer en la frente de algunas personas y que adelantan, con exactitud, la inevitable fecha de sus muertes.¿Qué hacer entonces?Fácil pero no por eso sencillo: llevar un diario para escribirse y, tal vez así, leyéndose luego, poder entender y comprenderse y -por fin, si hay suerte- llegar a sentirse cerca de algo o de alguien aunque se siga siendo un distante argentino hasta el final.La primera novela de Juan Pablo Bertazza -melancólica pero a su manera ilusionada, graciosa y con gracia, vencedora y vencida, soñadora y pesadillesca- se tiembla y se disfruta como a una mezcla del mejor fantástico-romántico marca Adolfo Bioy Casares con lo más perturbado y perturbador de David Lynch.Es decir, Síndrome Praga es una novela argentina que está lejos, sí; pero muy por delante de muchas y demasiado cercanas novelas argentinas que andan dando vueltas por ahí.»A partir de cierto punto en adelante no hay regreso. Es el punto que hay que alcanzar» advirtió y desafió aquel otro escritor que hizo de Praga un mundo propio aunque apenas la mencionase por su nombre en los callejones y puentes de su obra. Bertazza -como el mejor y más inspirado de los guías- invita a conocerla y reconocerla y desconocerla con todas sus letras.Y, con él y junto a él, alcanzamos ese punto.


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