DIAS SENTIMENTALES LOS

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Los días sentimentales es una novela escrita en cuadros literarios, pero también pictóricos, cuya protagonista es María Iluminada y su centro incandescente es el golpe militar de Uriburu contra el presidente argentino Hipólito Yrigoyen en 1930. La novela narra, al modo de un diario íntimo, los días de María Iluminada, una mujer de las décadas del veinte y del treinta, cuya vida toma un camino decisivo luego de vivir en Londres y de visitar con su padre una exposición de arte moderno en Nueva York que resulta ser una rebelión contra lo convencional. Pero ¿quién es María Iluminada? ¿Cuál es su historia inglesa? ¿Por qué ella se investiga a sí misma? Con un exquisito minimalismo, Nicolás Peyceré va dando cuenta de los modos, las modas y la cotidianidad de los años veinte en Europa y los treinta en la Argentina. A través de una escritura cargada de imágenes Los días sentimentales ofrece una una pintura de época desde adentro, donde tanto se describen estilos de arquitectura y decoración sobre todo el Art Déco, marcas de época, zapatos, espejos, automóviles y mapas... sino también inquietantes perversiones, juegos lésbicos y relaciones incestuosas. El arte moderno, pero especialmente el mundo que lo contiene, se encamina bellamente hacia la muerte en esta novela, en paralelo con el modo en que la historia argentina cambió para siempre con el golpe militar del año treinta, aunque de la manera menos deseable.


Ser argentino es estar lejos» postuló alguna vez desde París, esa ciudad tan argentina, el escritor argentino pero nacido en Bélgica de nombre Julio Cortázar. Lo que también implica que, en la distancia, Argentina parece estar en todas partes. Incluso en Praga. Allí -a esa ciudad anclada y a la deriva entre el pasado y el presente y que aparenta no pensar demasiado en el futuro- llega un argentino con ganas de tomar distancia y de comer miles de kilómetros. Atrás queda su departure como treintañero animador de «eventos», por delante lo espera un arrival en el que trabajará como guía de turismo. Un viejo mundo de tradición alquímica y transformadora para una nueva vida -no va a costar tanto, piensa- seguramente mejor que la que llevó y por la que hasta ahora fue más arrastrado que llevado. Así, el protagonista de Síndrome Praga va a dedicarse a explicar una ciudad que no conoce y cuyos parques -por supuesto- le hacen recordar a la Plaza San Martín. Enseguida, el descubrimiento de que los locales no quieren a los visitantes; de que su trabajo (incluyendo a un elenco de colegas también émigrés digno de un film de los hermanos Coen) no era lo que pensaba; y de que las dislocaciones del idioma resultan aún más desorientadoras de lo que pudo imaginarse, en especial en lo que hace a la comunicación sentimental con la de inmediato inolvidable y volátil y fatal Katka.Lugares comunes todos del siempre excepcional territorio extranjero que, de pronto, ofrece una particularidad. Algo que trasciende lo meramente kafkiano y lo golemista: cuatro cifras que comienzan a aparecer en la frente de algunas personas y que adelantan, con exactitud, la inevitable fecha de sus muertes.¿Qué hacer entonces?Fácil pero no por eso sencillo: llevar un diario para escribirse y, tal vez así, leyéndose luego, poder entender y comprenderse y -por fin, si hay suerte- llegar a sentirse cerca de algo o de alguien aunque se siga siendo un distante argentino hasta el final.La primera novela de Juan Pablo Bertazza -melancólica pero a su manera ilusionada, graciosa y con gracia, vencedora y vencida, soñadora y pesadillesca- se tiembla y se disfruta como a una mezcla del mejor fantástico-romántico marca Adolfo Bioy Casares con lo más perturbado y perturbador de David Lynch.Es decir, Síndrome Praga es una novela argentina que está lejos, sí; pero muy por delante de muchas y demasiado cercanas novelas argentinas que andan dando vueltas por ahí.»A partir de cierto punto en adelante no hay regreso. Es el punto que hay que alcanzar» advirtió y desafió aquel otro escritor que hizo de Praga un mundo propio aunque apenas la mencionase por su nombre en los callejones y puentes de su obra. Bertazza -como el mejor y más inspirado de los guías- invita a conocerla y reconocerla y desconocerla con todas sus letras.Y, con él y junto a él, alcanzamos ese punto.


Las tres principales novelas de Antonio Di Benedetto, Zama, El silenciero y Los suicidas, en razón de la unidad estilística y temática que las rige, forman una especie de trilogía y, digámoslo desde ya para que quede claro de una vez por todas, constituyen uno de los momentos culminantes de la narrativa en lengua castellana del siglo XX. En la literatura argentina, Di Benedetto es uno de los pocos escritores que ha sabido elaborar un estilo propio, fundado en la exactitud y en la economía y que, a pesar de su laconismo y de su aparente pobreza, se modula en muchos matices, coloquiales o reflexivos, descriptivos o líricos, y es de una eficacia sorprendente. Su habilidad técnica es también asombrosa, y si bien es la tensión interna del relato la que organiza los hechos, esa maestría excepcional los destila sabiamente para darles su lugar preciso en el conjunto. De sus construcciones novelísticas, el capricho está desterrado. Su arte sutil va descartando con mano segura las escorias retóricas para concentrarse en lo esencial. Los que hacen derivar la novela de la épica, con buenas razones históricas probablemente, deberían darse por vencidos: en esta trilogía poco común, las chafalonías melodramáticas y morales de la épica ya no tienen cabida. Los personajes de Di Benedetto se debaten, apagadamente podría decirse, clavados a su imposibilidad de vivir, como un insecto todavía vivo en una lámina de naturalista, por la punta hiriente de alguna obsesión, la esperanza irrazonable, el suicidio, los ruidos «que alteran el ser». Me resulta imposible no abordar antes de terminar un tema central de la literatura argentina: la prosa narrativa de Antonio Di Benedetto. Es sin duda la más original del siglo y, desde un punto de vista estilístico, es inútil buscarle antecedentes o influencias en otros narradores: no los tiene. Como, a estar con la cosmogonía judeocristiana, el mundo en que vivimos, el estilo de Di Benedetto parece surgido de la nada aunque, superior en esto a nuestro mundo, que le requirió a su creador seis días para ser completado, su prosa ya estaba enteramente acabada y lista para funcionar desde la primera frase escrita.


La omisión cuenta el abismo que se produce cuando en un matrimonio de larga data uno de los cónyugues muere y quien sobrevive descubre con estupor que la vida de su pareja de toda la vida ocultaba un secreto que modifica no solo el presente sino también el pasado. «Yo, Matilde Viale, un metro sesenta y dos de estatura, cincuenta y tres kilos de peso, sin panza incipiente, viuda desde hace dieciséis días, sin marcas personales visibles, hija de Juan Manuel Viale y María Matilde Colombres Guerrrero de Viale, nacida en Villa Allende, Provincia de Córdoba, educada en el colegio St. Catherine de Buenos Aires, estoy desnuda y, desde mi corazón, les digo a todos que muero.» Con esta declaración, que tiene algo de juramento ante un tribunal, de que se va a decir la verdad y nada más que la verdad o de currículum en primera persona, Matilde Viale se dirá lo que acaba de descubrir. Como si recitara un parte, revela en voz alta el vuelco de su vida: el descubrimiento de un secreto capaz de hacer estallar su lenguaje. Ese descubrimiento es el tema de La omisión de manera aleatoria: no es el Alexis de Marguerite Yourcenar desde el punto de vista de la esposa corresponsal, Mónica. La omisión no es la de la doble vida de un abogado «careta», sino de aquello a lo que Matilde Viale ha renunciado por cobardía, cediendo en su deseo: la disponibilidad de su juventud, la amistad con Sara Fiorito, abierta a la sensibilidad política y a la aventura. El secreto que descubre la protagonista luego de la muerte del marido es lo no vivido como una deuda incobrable que finalmente deja abierto el destino hacia una posible felicidad. Como en La intemperie, primera novela de Gabriela Massuh, es la amistad de las mujeres en un marco político la que sostiene la trama (y la vida). La omisión, que se lee de un tirón, en vilo de policial existencial -no hay crimen: la muerte, las muertes, son «naturales»-, invita tanto a la identificación como al sueño con una salida soberana que haga estallar lo individual, sugiere que el progreso puede consistir en preservar el pasado, como las ruinas de Göbekli Tepe, esa civilización que enterró su cultura para salvarla del futuro. La omisión plantea también un acertijo que sólo puede, si no ser descifrado, adquirir sentido leyéndola: «¿soja o infancia?».


Un proyecto estético y urbano de carácter comunitario, embellecer una triste calle cortada de Buenos Aires -para la cual el Pasaje Lanín del barrio porteño de Barracas sirvió de inspiración-, moviliza a los más diversos vecinos del barrio, que deberán hacer a un lado sus diferencias y prejuicios, para dejarse ganar por sus fantasías y llevar a cabo un trabajo que sólo puede ser realizado entre todos. Una cuadra es una novela del presente, con su dinámica y sus problemas; un registro de acontecimientos en tiempo real, que no solo llama la atención por sus historias entrecruzadas sino por el hiperrealismo, contención y sobriedad de la narración. Desde el comienzo aparece un inteligente uso desdoblado del punto de vista, focalizado en uno de los personajes, Lara, y en una narradora que sorprende con sus opiniones y digresiones. En las primeras páginas, la novela permite al lector ubicarse en el escenario de una acción que se resuelve en torno a una unidad de lugar. A partir de allí, una rica galería de personajes ensimismados en sus rutinas, despertará poco a poco para sumarse a la voluntad comunitaria. La construcción de los personajes es sin duda otro punto fuerte de la novela, porque se trata de personajes cuyas historias se desarrollan en forma paulatina, ágil y fluida, lo cual sostiene sin fisuras el interés del lector hasta el final.


Arnaldo Calveyra es fundamentalmente un poeta, pero como explicó en una entrevista, no hay límites para la creación «cuando lo que uno de veras busca es una suerte de incandescencia de la palabra que se vuelve palabra poética, palabra en un poema. Yo siempre digo en broma que llegué tarde al reparto de géneros». He aquí una nueva, luminosa entrega del arte sin géneros de Calveyra, que lleva el nombre de Novela y uno de cuyos «capítulos» comienza así: ¡Qué lástima!, en la pieza de al lado hacían el amor y yo estaba solo en mi cama a oscuras. Mientras la mujer se quejaba me levanté a tientas, encontré una manzana y me puse a morderla en lo oscuro de miedo a que si encendía la luz no fuera a golpearles la mampara. No molestar a los amantes, no brutalizar a los amantes, ¡excelente perspectiva!, y seguí mordiendo sin hacer caso de las semillas. Era una idea que me quedaba de la más tierna infancia, desde aquel tiempo en que había que pasar, primero sin darse vuelta y, segundo, sin sorprenderse, sea en el campo, sea en los parques de la ciudad en verano. Estaba solo: era tan cierto como que hasta recién había estado molido de cansancio. Comencé a auscultarme: envidia no era, «cada cual tiene la noche que puede», me dije, «o, en su defecto, hay una noche para cada cual», «o a lo mejor Dios da pan al que no tiene dientes», aunque era evidente que no: el largo lamento seguido por la desesperación irremediable de alguien que se está quemando, interrumpido por las canillas sirvientas, me contradecían hasta el tuétano. No, no era verdad, ni yo ni nadie hubiera sido capaz de hacerlo mejor.


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